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La verdadera historia de «Bebote» Álvarez, el barra más poderoso de la última década

En el mundo de los barras, tener apodo es casi como una marca en el orillo. Pablo Alejandro Álvarez se ganó el suyo en 1987, cuando ingresó a la barra brava de Independiente con apenas 13 años.

Por entonces, el líder de la tribuna roja era José Fabián Fernández, alias el Gallego Popey, que lo prohijó como a un heredero. Y como era el más pequeño en ese mundo de fieros, lo llamó Bebote. Rápidamente y a pesar de su corta edad, Álvarez demostró la pasta que tenía para el mundo del delito: iba al frente con sus mayores en las peleas contra las barras rivales y había trabado relación con un grupo de ladrones del barrio de Palermo, con los que compartía una murga de carnaval, quienes le enseñarían el oficio del robo a mano armada, la marcación de clientes en salideras bancarias y hasta la relación con piratas del asfalto.

Y aunque venía de una familia de clase media baja, eligió la vía más rápida para enriquecerse: así desde los 16 años comenzó un raid que lo llevaría a coleccionar causas judiciales por robo calificado, tenencia de arma de guerra, atentado a la autoridad y lesiones entre otras. Y en 1999, cuando su nombre ya pesaba en el trípode de poder de la barra Roja, la Justicia le puso el freno esperado con una condena que lo llevó a estar preso cuatro años y medio, con un breve pasaje por el penal de Sierra Chica y otro más extenso en la provincia de Salta.

Al salir, en agosto de 2003, Bebote se planteó como objetivo primario volver al sitial del paravalanchas de Independiente, que en su ausencia había sido ocupado por el Gordo Raúl. Pero entendió rápido que su heredero no pensaba devolverle el trono. Así y durante 70 días, armó un grupo para sacarle el poder. En esa pelea, Bebote visitó un corto tiempo la prisión que le dictó el juez de paz de Avellaneda, Julio Battafarano. Peor la pasó Raúl: el 6 de noviembre de 2003 fue asesinado cuando llegaba en su camioneta a su casa de Wilde. Nunca se supo quién lo hizo. Sí quién se quedó con todo el poder de la barra: Pablo Álvarez.

Desde ese momento, Bebote hizo una acumulación de poder sin precedentes en el mundo barra. Tejió relación con la Municipalidad de Avellaneda, por entonces en manos de Baldomero Álvarez de Olivera, y muchos miembros de la tribuna pasaron a revistar en la plantilla municipal. A eso le sumó una relación intensa con la comisaría Primera de Avellaneda, que insólitamente siempre llegaba tarde cada vez que Álvarez estaba en el centro de la tormenta. También aceitó relaciones en la Justicia, donde todas las causas que se le iban abriendo terminaban prescribiendo por falta de acción.

En el club, era el poder real: durante la gestión de Julio Comparada no sólo manejaba el estadio como si fuera su casa sino que hasta llegó a aparecer como intermediario con una firma italiana por la compra de plateas para la nueva cancha. Insólito.

“Bebote” barajó la idea de ser presidente de Independiente (NA)

“Bebote” barajó la idea de ser presidente de Independiente (NA)

Esa demostración de impunidad le hizo ganar cada vez más amigos en el viscoso mundo bonaerense y provocó que muchos políticos lo miraran con simpatía. Y fue Fabiana Rubeo, hija de Luis, el senador Justicialista por Santa Fe, quien le vio el potencial y lo llevó a la asociación Nuevo Horizonte Para el Mundo para formar un polo de barras de distintos equipos que operaran en las canchas y en las calles. De ese trabajo previo se aprovechó el kirchenrismo en 2009 cuando, tras el conflicto del campo, se vio en la necesidad de recuperar la calle. Y para eso convocó a Bebote Álvarez y los suyos: la consagración se llamó Hinchadas Unidas Argentinas y tuvo como premio el viaje all inclusive para 230 barras al Mundial de Sudáfrica.

Era el cenit de la carrera de Bebote, que veía que cualquiera de sus negocios en la cancha o en la vida florecían sin necesidad de explicar sus orígenes. Se sintió traicionado cuando el Gobierno negoció que las caras visibles de la ONG no estuvieran en las tribunas y fue deportado de Sudáfrica.

De todas formas, Bebote siguió siempre mostrándose ganador. Hasta que Javier Cantero le puso un freno: ganó las elecciones y lo denunció por amenazas en la Justicia. Eso fue en mayo de 2012 y Álvarez entendió que debía desensillar hasta que aclare. De hecho, varios amigos suyos comenzaron a caer en prisión por causas de narcotráfico o robo aunque él jamás estuvo en la mira, algo que sorprendía a algunos reos como Walter Coco Linardi, quizá el barrabrava más peligroso de Independiente, que aún hoy sigue detenido. Pero la situación le hizo pensar que tomarse un tiempo en Ibiza, donde tiene familiares, no vendría mal. Se fue y le dejó la tribuna a César Rodríguez, alias Loquillo, compañero de correrías que había salido de prisión tres meses antes.

Al año, viendo la debilidad de Cantero, decidió volver y recuperar la barra. Loquillo le dijo que no, como le había pasado 10 años atrás con el Gordo Raúl. Otra vez empezó una guerra que terminó de forma parecida: con Bebote en el poder y Loquillo con dos balazos en el cuerpo, en un incidente que jamás se supo quién protagonizó.

Entonces el barra desafió al Gobierno nacional mostrándose en el Mundial de Brasil aunque tenía impedido concurrir y jugó fuerte para Hugo Moyano en las elecciones que consagraron al líder sindical como nuevo presidente Rojo. Este pensó que podía controlarlo poniéndole a su lado a su custodio personal, Roberto Petrov.

Y la alianza tuvo un romance tórrido durante un buen tiempo: Bebote usó el estadio para despedir el año con fútbol y asado con los suyos, el cartel electrónico del Libertadores de América le deseó feliz cumpleaños en su aniversario y participó de la cena de gala del club en La Rural y hasta se llevó una camiseta autografiada por el Kun Agüero.

Pero a fin del año pasado sus aspiraciones de dirigente, como le pasó una vez a Alan Schlenker en River, le jugaron una mala pasada: Moyano comenzó a verlo con ojos menos indulgentes, Noray Nakis, su gran apoyo en la institución perdió poder, y Bebote entendió que se venían tiempos difíciles aún cuando los negocios de la cancha seguían viento en popa. Tanto que con la plata conseguida compró dos propiedades pegadas al estadio, para montar un bar temático de Independiente. En el medio, acusado por sus pares de usar plata de todos para un negocio personal, montó una escena digna de Hollywood tirando dólares desde el techo de la obra en construcción. La impunidad en su máxima expresión.

El 2017 lo encontró con nuevo técnico y nuevas exigencias. Si bien un hombre del departamento de fútbol seguía aportando con las entradas, el ingreso en metálico se había reducido y ya no tenía contacto habitual con Pablo Moyano, con quien en 2010 había compartido un safari por Sudáfrica, como reveló el colega de La Nación, Nicolás Balinotti.

Entonces fue a pedir lo que le faltaba al cuerpo técnico. Hubo una primera visita en Mar del Plata, durante el torneo de verano. La segunda fue en Perú, en mayo, durante la primera fase de la Copa Sudamericana. Todos lo toleraban en silencio y él no se daba cuenta con señales claras que había un cambio de época: si bien la causa por amenazas que tiene en Avellaneda desde marzo no avanzaba, hay otra por averiguación de ilícito en Lomas de Zamora, iniciada en mayo, que acumulaba pruebas en su contra.

Sin entender el momento, jugó fuerte el jueves pasado, cuando interceptó al técnico Ariel Holan y le exigió dinero para ir al Mundial. Su tiempo en libertad se agotaba. El Ministerio de Seguridad Bonaerense vio el momento de dar una señal fuerte a la sociedad y Juan Manuel Lugones, del Aprevide, hizo la denuncia correspondiente, ratificada después por el DT y sus colaboradores. El martes salió la orden de detención y ayer por la mañana se entregó, después de que el juez Luis Carzoglio le denegara un pedido de exención de prisión.

Enfrenta el cargo de extorsión, que tiene pena de cinco a diez años de prisión. Y si no logra cambiar la carátula al grado de tentativa, que reduce a la mitad la condena, todo indicaría que esperará el final de la causa en la cárcel. Donde algunos ex compañeros lo esperan y no para darle justamente un abrazo.