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La enfermedad cultural que no queremos ver

Desde hace años, los argentinos estamos enceguecidos. Somos especialistas en culpar al otro por los males de nuestro país, sin reparar en que la suma de las partes hace al todo, y que cada una de las piezas que componen nuestra estructura sociocultural está definida por el accionar nuestro de cada día.

En este análisis, no logramos darnos cuenta del peso real de los errores que cometemos como sociedad, repitiéndolos una y otra vez. En cambio, señalamos a nuestros gobernantes (anteriores y actuales) en un intento de salvarnos de toda culpa y cargo.

Como para muestra basta un botón, cabe hacer alusión a la cantidad de arrepentidos de haber votado a uno y otro candidato. Y siempre volvemos a caer en la misma trampa. Esta repetición sistemática excede la cuestión política, y nos lleva a un plano más profundo y complejo.

Hay un dato alarmante que caracteriza a nuestro país, más allá de los índices de pobreza, inflación, corrupción y narcotráfico que -entre otras cuestiones- naturalmente forman parte de la agenda política desde hace décadas, porque siempre están en el centro de la escena.

Se trata de aquella realidad crítica que fluye de manera paralela a todas las problemáticas de Estado mencionadas, y que está estrechamente relacionada con la carencia de valores humanos, la degradación del otro y la deshumanización cada vez más feroz de gran parte de la población.

Cuando un asesinato pasa a ser sólo un fallecido más, cuando el atropello moral se convierte en moneda corriente, cuando un niño golpeado hasta la muerte por sus progenitores es olvidado al día siguiente, es señal de que no sólo estamos viviendo anestesiados, sino que además, nuestra sociedad está en terapia intensiva.

Un país donde los crímenes, las violaciones y los constantes episodios de maltrato y abuso sexual infantil son situaciones cotidianas, tenemos que empezar a mirar más allá de los sillones de quienes nos gobiernan, y poner la lupa en nuestras propias conciencias y conductas.

No hace falta ser especialistas en Psicología ni Psiquiatría para darnos cuenta de que los trastornos mentales y emocionales que generan víctimas fatales minuto a minuto se propagan como un virus, infectando cada vez más a la sociedad. El interrogante es ¿dónde está el origen de estos males, que parecen no tener freno? Sin respuesta, difícilmente podamos hallar una medicina que nos ayude a sanar.​